Transformatorios culturales: procesos más allá del objeto.

Contrapunteos

Definir un transformatorio no se me hace tarea fácil. Sobre todo porque su definición debe ser en sí misma un resultado de un proceso. Creo que lo primero es seguir la estrategia de Jesús Martín Barbero de perder el objeto para ganar el proceso.

Muchas personas han preguntado, de forma muy interesada, cuáles son los límites y los alcances de algo llamado transformatorio. Antes que todo, me gustaría poner en contexto de dónde sale este concepto. En mi experiencia como investigador o consultor -que es única, particular, específica y no pretende establecer comparaciones con la de otros muchísimos colegas-, he experimentado las múltiples formas en que se desperdicia la experiencia, para plantearlo en términos de Boaventura de Sousa Santos. Este desperdicio de la experiencia se da de formas múltiples y obedeciendo a intereses diversos. Podría decir que he sido testigo de la poca capacidad de interlocución que tienen los “académicos funcionales” e “intelectuales orgánicos” con los responsables técnicos de la planeación, implementación y evaluación de resultados de desarrollo. A cada campo le cuesta encontrar plataformas de traducción de sus lenguajes de forma que sea un ganar ganar y sobre todo tratándose de instituciones públicas, respondan a sus responsabilidades y cometidos. Por poner otro ejemplo, hay mucho por hacer para lograr que, limitándonos a una perspectiva sectorial del campo cultural, los “artistas” se comuniquen con la ciudadanía y ambos asuman sus responsabilidades respectivas y comunes, su política cultural. En sentido general, se trata de transformar nuestras prácticas profesionales, ciudadanas hacia esfuerzos más participativos, efectivamente participativos, y sobre todo, para el logro de resultados de desarrollo, medibles, comunicables, comprobables.

He experimentado, a lo largo de múltiples experiencias de facilitación en la toma de decisiones en políticas culturales, la reticencia de diversos actores (ministros, secretarios de cultura, gestores culturales municipales, activistas de la sociedad civil, académicos, artistas, entusiastas, periodistas, etcétera) a incorporar críticamente conocimientos actualizados, a interesarse por la información relevante que necesitan para la toma de decisiones algo a mi entender muy grave en aquellos casos en los que es su responsabilidad actualizarse porque cobran por ello.

De esta manera se han dado muchos “observatorios” culturales, que en algunos casos siguen posicionados desde la visión externa de los procesos sociales, incluidos los culturales, al no tener una incidencia directa en la toma de decisiones y no aprovechar las experiencias múltiples existentes en las personas interesadas o afectadas por dichos procesos. Observar, generar información y convertirlo en conocimiento es una tarea imprescindible, por lo cual creo que es vital conseguir espacios de transformación -y de traducción operatividad-reflexividad- en los espacios del pensamiento y la toma de decisiones. Lo ideal, es más, es que no se compartimenten, y que en efecto, la academia, y las instancias de investigación y formación de capacidades sean, en efecto, espacios de diálogo, construcción y toma de decisiones, y la institucionalidad también incorpore el pensamiento crítico y la investigación aplicada como parte de un proceso constante de transformación. Esto puede soñar utópico, pero en efecto, es uno de los retos que tendrá el llamado “sector cultura” y las instituciones y personas que lo integran, de cara a poder ser parte de la Agenda Post 2015 para el desarrollo sostenible, un proceso inédito que marcará las prioridades del desarrollo a nivel global en los próximos quince años.

Muchas veces igual pasa en algunos “laboratorios” culturales que, enfocados, en la micro experiencia, pierden de vista cómo lo local está inserto y, sobre todo, afectado por cuestiones globales que definen la posibilidad de generar alternativas que resuelvan problemas de la gente.

Estos no son todos, así que, por favor, no lleve esto a un espacio personal, y si sus observatorios y laboratorios lo logran, serán entonces parte de la experiencia que hace falta compartir, de esas excelentes prácticas existentes que deben continuar siendo promovidas. Algunos de esos laboratorios culturales nos ofrecen la posibilidad que experimentación, creatividad e innovación que muchas veces se pierde en los “observatorios”, atrapados muchas veces en generar la utilísima pero insuficiente información cuantitativa para poner en valor económico a las expresiones culturales y sus procesos. La construcción de indicadores de gestión y gobernanza cultural para el desarrollo será de vital importancia.

Hay mucho que conocer, escuchar, comparar sobre la práctica de los observatorios culturales, sobre la de los laboratorios culturales. Hablar de transformatorios culturales, antes que sustituir la relevancia de aquellos, sugiere un cambio en su lógica de funcionamiento, ante el desafío de una gestión intersectorial y multidisciplinar más compleja e inédita, hablando en términos de resultados de desarrollo sostenible.

Un tranformatorio cultural se refiere, por tanto, en los términos y límites de este proyecto específico, a prácticas críticas y socialmente responsables de gestión de conocimiento que tienen la función principal de transformar realidades, personas, circunstancias e instituciones, a través de la formación de capacidades hacia el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles. Nada nuevo que no sea la necesidad de pensar nuevos y viejos problemas por resolver, ante la acumulación y expansión de las demandas de la ciudadanía por activar la cultura como un motor y facilitador del desarrollo sostenible.

Desde esta lógica sería deseable, en el mismo ejercicio de pensar críticamente las misiones y funcionamientos de los ministros, secretarías y consejos culturales y proyectarlos hacia los próximos quince años, con nuevos -y útiles conceptos- de políticas culturales, también debatir sobre la pertinencia de las políticos culturales de algunos observatorios o laboratorios, sugiriendo la posibilidad de que, sin perder su identidad, sean en sí mismos transformatorios en sus procesos, en el sentido que incorporen muchas de sus recomendaciones a su funcionamiento y definan desde otros lugares sus condiciones de posibilidad y sostenibilidad hacia un futuro posible donde se le de el valor a la cultura, con su potencial y límites.

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